Dani Yako en Fola

DANI YAKO PRESENTA EL SILENCIO EN FOLA

FoLA / Godoy Cruz 2626 – Distrito Arcos / CABA. – Sala 3
Del 15 de marzo al 30 de abril de 2017
Horario: Lunes a Domingos de 12 a 20 hs. (Miércoles cerrado)
Entrada general Martes, Jueves, Viernes, Sábado y Domingo: $80 / Estudiantes con acreditación y Jubilados: 50% de descuento ($40) / Menores de 12 años: sin cargo. / Entrada General Lunes: $40. Estudiantes con acreditación (excluyente) sin cargo. Docentes sin cargo.

EL SILENCIO, FOTOGRAFIAS DE DANI YAKO

Sobre la muestra

La Argentina, una vez más, se derrumbaba. En esos días, Dani Yako había publicado Extinción, un libro sobre los oficios que se estaban perdiendo, los trabajos que desaparecían; buscaba en qué seguir cuando la Argentina implosionó. Corría 2001: nada –parecía– volvería a ser lo mismo nunca más. La idea le resultó evidente: después de trabajar sobre el trabajo debía trabajar sobre su ausencia.

Dani Yako en Fola

dani yako-el silencio-solo prensa planeta-jorge,susana,maria y julio preparan el almuerzo 2007

La desocupación era el fantasma que recorría aquel país en llamas –y Yako se propuso recorrerlo también para documentar ese fantasma. Empezaría por el primer lugar, el más extremo: cuando preguntó cuál era la ciudad con mayor proporción de desocupados del país le dijeron que Concordia, Entre Ríos. Así fue como desembarcó en El Silencio.

En el centro de Concordia había mansiones con pretensiones clásicas, porches con columnatas de templete, escalinatas, frisos; también había grandes edificios abandonados, en proceso de ruina: Concordia supo ser una ciudad próspera, orgullosa, rica de sus plantaciones y sus talleres y sus fábricas, hasta que algo pasó. Algunos dirían que lo que le pasó fue la Argentina –pero nada es tan simple. Ellos, los concordios, por supuesto echaban la culpa a los demás. Los argentinos somos expertos en cuatro o cinco cosas: en ninguna, probablemente, tanto como encontrar culpables.

Así que, decían los locales, si en Concordia dos de cada tres personas quedaron bajo la línea de pobreza no fue por nada que hubieran hecho sino porque algún gobierno, alguna vez, decidió construir una represa muy cerca, en Salto Grande, y llevó trabajadores de Corrientes, del Chaco, de Uruguay, que, acabada la obra, se quedaron –ya sin empleo, sin domicilio, sin destino. Y que sí, que es cierto que además se cerraron las fábricas de jugos de naranja que procesaban el producto de las grandes plantaciones, y que los talleres y administraciones del ferrocarril Urquiza también cerraron, y que los frigoríficos cerraron y cerraron las curtiembres –pero los concordios siguen culpando a aquellos inmigrantes que llegaron para hacer la represa, dos, tres mil. Para algunos discursos, la pobreza siempre es invasión, una amenaza externa.

Se llama El Silencio: el nombre es un exceso. También es un exceso comer lo que otros tiran. Son metáforas; alguien cree que el privilegio consiste en esquivar las metáforas extremas.

El Silencio está en las afueras de Concordia, tiene veinticinco, treinta años, y dicen que se llama así porque los primeros pobladores se metieron en esta hondonada, detrás de unas lomas, para que no los vieran desde la carretera: como quien se queda bien quieto, calladito. En 2002 –y ahora– El Silencio era una de las villas más pobres de la ciudad más pobre, ciento sesenta familias en ranchitos que van del indigente al miserable en un paisaje muy distinto al de las villas urbanas: aquí no hay pasillos y aglomeraciones sino árboles, lomas, un arroyito sucio, algo de aire, chicos que corren, caballos, mucho olor a mierda. La actividad principal –la actividad poco menos que única– de los habitantes de El Silencio consiste en rescatar lo que pueden de la basura de Concordia, que yace ahí al lado, al borde de sus casas. El Silencio es el nombre más poético que nunca nadie le puso a un basural.

Dani Yako no recuerda exactamente en qué momento decidió que su búsqueda había terminado: que no sería necesario recorrer el país para encontrar las formas de contar las distintas maneras de la desocupación, que esa villa entrerriana sería más que suficiente.

Una foto es un momento que se empeña en durar mucho más de lo que debería –quién sabe demasiado. Cuando alguien dispara el mecanismo que registra una imagen, que la fija, no suele pensar que esas formas y tonos de que se está apropiando pueden llegar a apropiarse de él, acecharlo por años, colarse en sus sueños, colorear de blanco y negro sus insomnios: Dani Yako, una vez y otra vez en El Silencio.

Martín Caparrós

Dani Yako en Fola

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